Noviembre

Es domingo. Pregunto a una persona cercana sobre qué podría escribir este artículo. Evidentemente el partidazo del San Pablo es una opción. Inenarrable. Casi 10.000 voces a una durante noventa minutos gritando el nombre de Burgos y aplaudiendo. Para intentar lograr un sueño. Las sensaciones serían inenarrables. Con unas peñas sin un solo minuto de descanso, con unos jugadores que se dejaron la piel hasta la extenuación, ante un Madrid cansado sí, pero con una capacidad para encestar muy alta, y por eso ganaron, con seis de siete triples en los últimos minutos.

Pero también me sugiere hablar sobre el mes de noviembre y los difuntos. Este fin de semana los cementerios de ciudades y pueblos ya se encontraban con gente que rezaba a sus muertos, que limpiaba sus nichos y tumbas, que colocaba una docena de flores sobre los nombres de los seres queridos, que besaban las fotografías de aquellos que nos dejaron sin esperarlo, o nos abandonaron con previo aviso.

Es difícil escribir de la muerte. Aunque la hayas visto muy cerca. Aunque veías cómo se iban apagando. Un día de estos enterraremos las cenizas de mi madre, junto a sus padres. Había que hacer algún papeleo y buscar una jornada donde encontrarnos todos los hermanos. Estaba con las maletas preparadas, pero siempre puede quedar la duda de si hablamos todo lo que teníamos que habernos contado. Si la dije suficientes veces que la quería. Cuando acudamos a los cementerios, aun sin fe, todavía tenemos la capacidad de reconciliarnos. Apenas conocí a mis abuelos. Alguno de ellos han pasado al olvido, los nietos no vivimos donde está enterrado y solo podemos rezar una oración mirando al cielo. Quizá a muchos de ustedes les ocurra, si es así, aunque no practiquen, dedíquenle a esa persona un Ave María. Por si las moscas ese pequeño acto de fe puede abrirle las puertas del cielo.

Yo todavía me encuentro por la calle gente que se parece a mi padre. ¡Cómo le costó adaptarse a la silla de ruedas! No quería que le vieran con esa incapacidad. Pero pronto volvió a salir todos los días como lo hacía como estaba bien. Con mi madre, con un cuidador, con sus hijos y gracias a Dios conoció a sus nietos. Mi madre aguantó también más por ellos, por los pequeñajos, como muchas madres de ustedes, amigos lectores. El sufrimiento va por dentro.

Por lo que nuestros mayores hicieron por nosotros bien merecen esa visita a los cementerios, o esa oración por su alma. O ese beso enviado. O un te quiero en silencio.

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