14
Dic 17

La plaza

Parece que fue ayer cuando mi madre me mandaba a la plaza a comprar sobre todo carne, carne picada para más señas. Con eso y los huevos fritos lograba que cuatro individuos en edad de crecimiento no protestáramos por la comida. En aquellos tiempos no recuerdo haber llamado nunca ‘hamburguesa’ al plato. Ni tampoco ‘producto’, como se estila ahora entre los cocineros, a lo que me entregaba el carnicero. Que tenía que ser de confianza para que lo que te diera fuera de buena calidad, y por la frecuencia con que mi madre iba a la plaza, sus hijos puedo asegurar que eran bien atendidos. El pollo y las criadillas eran otro de los objetos obligados en la compra.

La plaza era además un lugar de encuentro. Saludabas los sábados con las mismas personas, la mayoría mujeres, y a veces te dejaban incluso colarte al ver tu pantalón corto, aunque hubieras pedido ya la vez.

Disculpen si han leído en algún otro escrito lo que ocurría con el pollo en la mesa familiar. La distribución era siempre la misma. Las patas o la pechuga iban para nosotros; las alas para mi padre, que le gustaba chupar, o eso decía, y el cuello para mi madre. Siempre para ellos. Ahora que las cadenas de comida rápida han puesto de moda las alitas, entonces había que convencernos mucho para que las probáramos. Hasta hace no mucho tiempo creía que a mis padres les gustaban esas dos partes del animal. Nunca se lo pregunté. No hacía falta.

Ahora las carnicerías ya te entregan todo el producto preparado y deshuesado, no hay que poner ni el pan rallado, del propio establecimiento al fuego y al plato. Más caro, pero aparentemente menos trabajo. Y ojo con colarte, hay unos numeritos que indican en qué momento te atenderán.

En Burgos tenemos dos impresionantes mercados, como lo muestra el hecho de que casi siempre cuentan con un buen número de visitantes, pero hay que estar atentos para que finalmente no se pierdan. La competencia con las medianas superficies es grande, y hasta las pescaderías van desapareciendo. Pero ahí, en ‘la plaza’ tenemos de todo, o casi. Y muchos productos son los más frescos que puede encontrar cuando hace la compra. Y hasta probablemente le indiquen que mejor llevarse otra pieza porque ese día no ha venido bien la que usted quería. Y si además es un cliente habitual le guardarán aquello de lo que es consumidor hasta que aparezca por el mercado.

Conmigo lo hacían, nada más asomar la cabeza, casi lo tenían ya preparado y envuelto para llevar, aunque siempre me sorprendía y quería comprobar como metían el trozo de carne por la máquina y salía picada por el otro lado. Era la tecnología de la infancia, que cuando empiezas a hacerte mayor la vas echando de menos.

 

 


14
Dic 17

Tierra Santa

Así como los musulmanes parece que se han tomado en serio acudir a La Meca al menos una vez en la vida, y a ser posible en alta velocidad, gracias al protectorado que ejerce Arabia Saudita; los católicos deberían al menos viajar a Tierra Santa y pisar los caminos de Jesús para conocer en vivo el ‘quinto evangelio’. Allí, en Galilea, en Jerusalén, en Belén, en Jericó, en el Jordán o en decenas de localizaciones hallarían las huellas de quien para los cristianos es el Hijo de Dios, en una Tierra, que debería ser el paradigma de la paz.

Pero pareciera que no puede haber paz sin contradicciones, y de ello saben muchos los Custodios de los Santos Lugares, los Padres Franciscanos, que son los que velan por el mantenimiento de aquellos territorios, y en cuya comunidad ha habido siempre burgaleses en puestos de responsabilidad. Monjes a quienes les preocupa su posible continuidad en un país dividido en dos, y en donde conviven representantes de numerosos ritos, y en algún momento puede llegar a coincidir, por ejemplo, la Semana Santa católica, ortodoxa o judía.

Es ahora el presidente de EEUU quien parece querer alterar una supuesta estabilidad que casi siempre es insegura, y que cualquier acción de un iluminado puede romper. Trasladar la Embajada de Tel Aviv a Jerusalén llevará años, pero ha sido más el impacto del anuncio que la propia mudanza, lo que ha generado la protesta entre los países árabes, que consideran a la Ciudad Santa su capital.

Palestinos –en su mayoría musulmanes, porque los cristianos están también sufriendo su propia persecución- y judíos no tienen fácil el encuentro, pero bien saben que aquello que ocurrió en su suelo hace más de 2.000 años es motivo de la llegada de miles de peregrinos a lo largo de todo el año y que se multiplicarían si tuvieran certeza de que estarían seguros, a pesar de las patrullas del ejército israelí que asoman en cualquier esquina. Porque Israel es ya un Estado en guerra. Así lo conciben la mayoría de sus ciudadanos, que tampoco abogan por encontrar una alternativa real a la situación en que se encuentran y desplazan a los árabes a los confinamientos ‘legales’.

Mientras tanto, en Belén, una ciudad rodeada por un muro de vergüenza y odio, allí se volverá a rememorar el 24 de diciembre el nacimiento de Jesús, que vino a traer paz al mundo aunque muchos continúan sin comprenderle.