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Solos

No hace mucho tiempo, un trabajo del Instituto Nacional de Estadística señalaba que en 2030, el año de la famosa Agenda, y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, habrá en España 5,5 millones de hogares unipersonales, que supondrán aproximadamente el 30 por ciento del total de los mismos.

Intuyo que serán unos cuantos más. La cifra asciende a 11,7 millones cuando se cuentan los hogares en los que vivirán una o dos personas, la gran mayoría ancianos, aunque la tendencia al individualismo que viene marcando nuestra sociedad, al menos la europea occidental, también suman adultos de cualquier edad. A ciertas edades comenzamos a sumar manías y nos da miedo compartirlas. Tengo un amigo que con cada década dice que hay que sumar una, a los cuarenta tendrías 4 significativas, a los cincuenta 5, y así sucesivamente.

Estos años estamos viendo, los que pertenecemos más o menos a la misma generación, que uno de los principales empeños que nos tocan es la atención a nuestros mayores, que aunque se valgan por sí mismos, y  no son estos el mayor número, también se van deteriorando y además necesitan el cariño de sus familias. Pero no es fácil. Vivimos desplazados en muchas ocasiones de la residencia familiar. Sumamos otras obligaciones. La edad avanza. Recientemente un buen amigo se prejubilaba en unas buenas condiciones, y uno de los asuntos que me recordaba que haría sería atender mejor a sus padres, que en la situación laboral que se había encontrado hasta ahora no había sido fácil.

Pero cuántos de ellos viven en soledad porque no tienen nadie a quién acudir. Y solo unos voluntarios de alguna asociación se acercan alguna vez por semana para hacerle compañía, realizarle algunos trabajos o acompañarle a dar un paseo. Recuerdo un periódico que hace un par de años comenzó a plantearse relatar las historias de aquellas personas que morían solos y cuyo cuerpo se encontraba días después del deceso.

Una de las cartas al director que me queda en el recuerdo de mi paso por este diario es la de un ciudadano burgalés, con ya una cierta edad, que vivía solo y los domingos coincidía en Misa con una persona, que también acudía sin compañía. Así semana tras semana, un domingo tras otro. Al  cabo de unos meses comenzó a dejar de verle. Apenas tenía información sobre él. Preguntó a otras personas que también asistían a la misma Misa. Repasó esquelas. Pero ¿las había de personas solas? Varios meses después, casi por casualidad, supo que había fallecido. El hombre escribía en la carta que le hubiera gustado conocer más a su compañero de asiento, pero que  ni le había invitado a tomar  un café… ese individualismo mal llevado.

El 90 por ciento de los que han muerto por Covid en este 2020 han sido mayores. Y todavía fallecerán bastantes más. Al menos en este 2021 que no estén solos.

 

 

 

 

 

Mayores solos

Toda una generación se está encontrando con la necesidad de atender a sus padres, mientras ellos probablemente viven en otro lugar o sus hijos se encuentran en la edad aparentemente más difícil: La adolescencia. Es cierto que perviven todavía familias numerosas, hijos del baby boom, y que el reparto de tiempo para estar con los progenitores se puede lograr con menos dificultad. Pero si quien necesita estar atendido tiene alguna enfermedad que le impide valerse por sí mismo, a veces el peso recae solo en las dos partes del matrimonio, y mayormente en las mujeres, que después de una vida ocupándose junto a su trabajo externo -si así fuera- a las tareas del hogar, se encuentran ahora que no tienen ni vida en los años de su jubilación.

Hay muchas variables, y además las soluciones no son fáciles. Vivimos más tiempo -aunque por mucho que se empeñen en decir que en la década de los 70 no somos viejos, lo somos-, las familias actuales tienen menos descendencia, y las parejas se multiplican; junto a ello, las residencias, además de no cubrir todas las necesidades, son caras si no tienes una pensión digna, y no es extraño encontrarse con una realidad que desgraciadamente vamos conociendo cada vez con más frecuencia: el número de personas mayores que viven solas, y que cuando mueren todavía se tarda unos días en conocer el fallecimiento, y menos mal que algunos vecinos empiezan a darse cuenta.

Frente a esto, muchos se preguntan qué pueden hacer. Recuerdo a la única abuela que conocí , que en ningún momento quiso irse a vivir con alguna de sus hijas. Cierto es que tenía un carácter fuerte forjado en las dificultades de la posguerra, que hasta que se quedó sin hogar porque el Ayuntamiento, en este caso de Palencia, decidió que el solar donde estaba tenía que incorporarse al parque inmediato, vivió en ese lugar donde acudíamos de niños con frecuencia en las fiestas de San Antolín, y donde festejábamos que no existiera ni baño ni ducha, y escuchábamos desde la cama los conciertos de El Salón. Ella se fue a una residencia en Burgos y logró plaza en la de Palencia cuando se abrió. Allí falleció. Estaban forjadas en otro tiempo. Cuántas madres nos han dicho que no quieren dar más la lata cuando se encuentran enfermas, su marido ha fallecido, y ven que se van yendo. Y como en toda su vida, lo que menos quieren es molestar, se lamentan que su situación afecte al resto de la familia, cuando la mayoría de los hijos están encantados de devolver el amor que recibieron de sus padres… si pueden.

En ese poder está la dificultad actual que va a ir creciendo. Cada vez más la familia cuenta con un vástago. La relación dura menos, y cuando los padres llegan a mayores y probablemente dependientes, probablemente estén separados, el hijo ve que fácil no lo tiene. Y como ahora, no sabrá qué hacer. Algunos lo quieren resolver con una pastilla que se dispense en una farmacia. Pero no parece la respuesta que nos gustaría ofrecer a aquellos que nos dieron la vida y todo su amor.

Cuidar de nuestros mayores

Suele llegar de repente, casi sin ruido, pero provoca el gran cambio familiar. Los hijos de los que se han ocupado sus padres durante toda la vida pasan ahora a cuidarles a ellos, a los mayores, porque la enfermedad no avisa –el cáncer, los inicios del alzheimer, un ictus, una caída por falta de calcio, el mieloma…- y en un momento hay que reorganizar el tiempo, hay que atender a aquellos a quienes debemos tanto.

De mi generación forman parte muchas familias numerosas, además suelen tener un alto índice de empleo, y en el caso de las parejas, los dos puede que estén trabajando; los hijos son en algunos casos ya mayores y no tienen tanta dependencia de sus padres. Encontrarse en esa situación con los mayores, aunque imprevisible, puede llegar a tener solución. La dependencia, aunque no llega a todos los que deben, es también una ayuda para la familia.

Acabas haciendo turnos para estar con ellos, los que viven en la misma ciudad se sacrifican mucho –mis hermanos en los últimos quince años, que mis padres tuvieron más dificultades en sus enfermedades, fueron unos campeones, como muchos de ustedes, amigos lectores- , los que se desplazan desde más lejos apoyan desde donde están. Pero es fácil al menos proponerte devolver todo el cariño que has recibido. Otro tema es la generosidad.

Recuerdo lo que a mi padre le costó salir a la calle en silla de ruedas, sobre todo por las personas conocidas que se iba a encontrar y la imagen que iba a dar. Al final, disfrutaba, y más si el que empujaba la silla era un hijo suyo. Lo mismo sucedió con mi madre. Y cuando apenas salían de casa la visita de sus nietos era la más esperada. Cuando empujas una silla te das cuenta de las decenas de personas que se encuentran en esa situación… y las dificultades que existen para transitar por las aceras.

Pero no todos pueden tener la suerte que tuve, antes de que fallecieran mis padres, unos hermanos maravillosos, y una situación económica resuelta con las pensiones. Puede que uno sea hijo único y no viva en el mismo lugar que su familia, y la primera pregunta es si hay que trasladarle a una residencia –y no abundan, y no todas son para asistidos- o intentar que siga en su casa mientras sea consciente de ello. Puede también que solo se encuentre con una escasa pensión de viudedad, y los hijos entre el paro y el trabajo inestable y no bien pagado. Pasa que hay que llevarles al hospital con frecuencia para el tratamiento y no encontrar a quien, porque no cuentas con recursos para contratar un acompañante. Ocurre también que un banco desaprensivo llegue a la posibilidad de echarte de casa, ya que te encuentras que no puedes pagar lo que falta de hipoteca. O los abuelos ya se hayan gastado el dinero en mantener a la familia en situación de crisis.

Más tarde o más temprano todas las familias llegan a esas situaciones. Sin esperarlas, sin quererlas. No les falles.