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Inflación en las cuches

Ponte a explicar a un pequeñajo lo que supone el aumento del coste de la gasolina, que el gas se ha disparado, y que ahora habrá que comer menos tortilla porque el precio de los huevos se ha multiplicado, y por cierto el de la leche tan necesaria también (en este caso no lo entienden tampoco los adultos, porque los productores mantienen todavía un precio irrisorio); pero si con 50 céntimos solo puede comprar cinco chuches en vez de las diez a las que estaba acostumbrado, se le viene el mundo encima: tendrá que elegir entre una lengua o una mora, un corazón o un osito, una coca cola de gominola o unos tochos… por no hablar de las fresas, los huevos o el regaliz de toda la vida, y al mini sapiens se le vendrá entonces el mundo encima.

Si algo tienen calculado estos jovencitos es hasta dónde alcanzan con los céntimos de sus abuelos. Decirle que ha disminuido su capacidad de compra un cien por cien por la inflación, por la invasión de Rusia, y por la mala gestión de los políticos es alejarse de su realidad. Pero es el ejemplo claro para que vean que todo sube. Y es que las tiendas de gominolas -que también venden pan y refrescos- llevaban más de veinte años sin aumentar los precios. Y observar cómo a los niños se les cambia la cara ha llevado a alguno de los propietarios a esperar a elevar los importes por la dulce mirada de los pequeños. Más la comisión es tan pequeña que no les quedará más remedio que hacerlo en breve.

Igual es una manera de que se vayan olvidando de los alimentos azucarados que poco bien les hacen. Sin embargo, lo más probable es que padres y abuelos multipliquen su asignación el doble –no va a afectar a la hipoteca- para que los pequeños puedan disfrutar de sus chuches e invitar a sus amigos, y suban la aportación de un euro al bolsillo de los chiquillos. Estos infantes habrán descubierto de primera mano lo que es la inflación.

Recuerdo que hace unos años me encontraba hablando con mi cuñado sobre la  crisis de entonces y las dificultades económicas de las familias, con mi sobrino presente -entonces contaba cuatro años- y con su bolsa de chucherías. Íbamos a sentarnos en un bar para picar algo y ante nuestro diálogo, Diego ofreció su bolsa para la cena. Con esta respuesta, quién puede negar cincuenta céntimos más a estas criaturas.