En los últimos años se insiste cada vez más en la importancia de las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), especialmente en la necesidad de que más chicas accedan a estos estudios. Se presentan como las carreras del futuro, las más útiles, las más prestigiosas y, sobre todo, las que garantizan estabilidad económica. Sin embargo, en medio de este discurso tan repetido, parece que otras vocaciones quedan relegadas a un segundo plano, como si fueran elecciones menores, poco prácticas o incluso inútiles. Frente a esta visión, yo quisiera apostar por las otras carreras: aquellas que no solo forman profesionales, sino que también iluminan el alma. Y eso que tengo dos sobrinos embarcados en STEM, Mateo estudia Matemáticas y Física, y Diego Informática. Están desde pequeños dotados para ello.
No se trata de negar la importancia de la ciencia o la tecnología. Gracias a ellas avanzamos como sociedad, curamos enfermedades, mejoramos la comunicación y entendemos mejor el mundo físico que nos rodea. El problema aparece cuando se transmite la idea de que solo ciertos caminos valen la pena, o que el valor de una carrera se mide únicamente por el dinero o el supuesto prestigio que se puede ganar con ella.
Las humanidades y las artes —como las humanidades, el periodismo, la música, la historia, la arqueología, la filosofía, el diseño o el arte— no suelen ocupar titulares sobre “empleos del futuro”, pero son las que nos ayudan a comprender quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Son disciplinas que trabajan con emociones, ideas, memoria y sensibilidad. Nos enseñan a pensar de forma crítica, a ponernos en el lugar del otro, a interpretar el mundo más allá de los números y los datos.
La literatura o poesía, por ejemplo, tiene el poder de dar voz a lo que muchas personas sienten pero no saben expresar. A través de las palabras se pueden denunciar injusticias, consolar, emocionar y crear belleza. La música conecta directamente con las emociones humanas; acompaña momentos importantes de nuestra vida y es capaz de unir a personas de culturas muy distintas. ¡Quién no tiene una canción para cada etapa de su vida! La historia y la arqueología nos recuerdan que no somos el centro del universo, que formamos parte de una larga cadena de experiencias humanas, errores y aprendizajes. Sin estas disciplinas, una sociedad puede volverse muy eficiente, pero también vacía y deshumanizada.
Además, no todo lo valioso es cuantificable. Vivimos en una época obsesionada con la productividad, los resultados inmediatos y el beneficio económico. Sin embargo, muchas de las cosas que más sentido dan a la vida —la cultura, el arte, la reflexión, la belleza— no se pueden medir en euros. Apostar únicamente por carreras “rentables” puede llevar a personas jóvenes a estudiar algo que no les apasiona, sacrificando su vocación por miedo a no encajar en lo que se considera exitoso.
En definitiva, las carreras que generan sentimientos, que despiertan preguntas y que iluminan el alma son tan necesarias como las técnicas. Una sociedad equilibrada necesita ciencia y tecnología, sí, pero también cultura, arte y pensamiento. Defender las humanidades no es mirar al pasado, sino apostar por un futuro más humano, más consciente y más completo. Porque al final, no solo vivimos para producir, sino para sentir, comprender y crear sentido.

