Archivo por meses: mayo 2020

Cofinados

Lleva la mayoría de ciudadanos de Castilla y León más de dos meses confinada. Fase 0 que le llaman, donde se te permite salir a dar un paseo, hacer algo de deporte -1 hora donde puedes hacer trampas-, comprar en algunos lugares, ahora también ir a la peluquería previa cita previa y probablemente dentro de una semana hacer cola para sentarte en una terraza con la familia o los amigos mientras te tomas una jarra de cerveza, o un vaso de coca cola, en cualquier plaza de Burgos con cafeterías que hayan podido mantener el negocio. Y se cree que se ha vuelto la normalidad a un país donde ya han fallecido muchas personas, y donde todavía van a morir unas cuantas más, porque este bichito es bastante contagioso, aparte de desconocido, con lo que apenas se prevé  por dónde puede responder frente a los ataques que reciba.

Por eso los ciudadanos están  ya muy cansados. Miran a los mayores con respeto y cariño, hasta que se te cruzan por la calle a las seis y media de la tarde cuando su turno es a las siete, y les sorprenden sin mascarilla. Y los niños que siempre te gustaron, y a los que sonreías, si asoman sus naricillas a las ocho ya te conviertes en Herodes, porque ahora has descubierto que pueden ser asintomáticos pero eso no impide que se conviertan en contagiosos. Lo peor llega cuando esas otras pandillas de jóvenes se concentran en lugares perdidos porque también creen que son inmunes.

Mientras tanto, las redes sociales arden y se multiplican las batallas en una guerra política que todavía busca sacar rendimiento electoral a la pandemia. No lo dicen así, pero está claro. Ministros que no saben dónde pisan, ni lo que pisan, y sobre todo que no conocen apenas de su trabajo. Responsables de comunidades autónomas que transforman las fases en su antojo y ya estamos en el 0,5, en el 1, o en el 1,80, según les venga bien.

Todavía no se han dado cuenta de que esta batalla no es de buenos y malos, sino de vivos y muertos. Y que nos piden que estemos ojo avizor ya no solo con la Fase 3, sino hasta el infinito y más allá, y nos tengamos que ir con Buzz al espacio sideral. Y eso que la piel de las manos ha iniciado ya hace tiempo su proceso de conversión a escamas, con tanto contacto con el agua. Además, en ocasiones se duerme peor y pueda ser que nos convirtamos en zombis.

O estamos unidos, o lo vamos a pasar muy mal. O comenzamos a buscar lo que nos une, o esta crisis sanitaria se va a alargar en el tiempo. O hablamos más alto que el griterío de los irresponsables o acabamos con nuestro planeta.  “Ya va siendo hora de que la humanidad sea adulta, y empiece a decidir qué cosas no puede hacer” asegura Juan Luis Arsuaga. La vida es resolver problemas, insiste habitualmente el científico, y para eso cada vez es más necesaria la armonización social, el respeto al otro, caminar juntos con un objetivo común en circunstancias como la pandemia. Y si no estás dispuesto, te callas.

Un pueblo español que merece la pena

Si esto se lo cuento antes del confinamiento no se lo hubieran creído, como que 2 profesores universitarios, al menos, porque probablemente hayan sido unos cuantos más, estuvieran dando clase virtual, claro, el día 23 de abril, festivo, desde su casa a una panda de estudiantes deseosos de ir sumando materia antes de unos exámenes finales que algunos consideran ‘patrióticos’. Tampoco que centenares de personas estuvieran con las máquinas de coser en todo Castilla y León confeccionando mascarillas, buscando las condiciones sanitarias para que pudieran distribuirse, y trabajando a buen ritmo. Pero estos son dos ejemplos de las decenas de miles que recorren todo el territorio. He visto a personal de los museos buscando la manera, con pocos recursos, donde lo que vence es la imaginación, para que mayores y pequeños pudieran acercarse un poco más a lo que ofrecen habitualmente y cultivar el ocio. A músicos salir a los balcones, ofrecer conciertos gratuitos a través de las redes sociales, y hasta participar en conversaciones. A Rafael Nadal entrevistar a sus más directos rivales. A los miembros de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, profesores, técnicos, ofreciendo lo mejor de ellos mismos, y prueba de ello es encontrar a más de 60 personas desde sus casas, junto con la cantante israelí Noa interpretar La vida es bella (no se lo pierdan en su canal de youtube), y programando nuevas cosas, tanto es así que me he aficionado a la música clásica, algo que, si viviera mi padre, que lo intentó y no lo consiguió, se sorprendería. O los que trabajan desde el  MEH con sus visitas virtuales, y preparando nuevas ofertas para las próximas semanas.

Lo escribía la semana pasada en esta Página Par, todos quieren participar con lo que saben en que estas semanas puedan hacerse más llevaderas. Los cocineros también con sus recetas y puestos a recomendarles, lo nuestro: Miguel Cobo y Antonio Arrabal en Instagram, y también Jordi Cruz, que me cae bien y además se le ve buena mano.

Al menos los niños pueden ya salir, y los abuelos tendrían que deber hacerlo, con toda la seguridad del mundo, pero respirar algo el aire. Hace unos días, después de estar varios sin bajar a la calle, fui a tirar la basura al contenedor, a apenas 50 metros del portal, y casi no llego de atrofiadas que tenía las piernas. Por eso también admiro a aquellas personas que se han puesto a andar por la casa -he visto vídeos de gente con más de 90-, a otros haciendo yoga o siguiendo una clase de yoga por internet, o a mi sobrinillo media hora, puntualmente todos los días, con un programa de la Wii que le hace moverse de lo lindo. Envidia, porque para esto no he nacido, aunque quién sabe, igual después de mi conversión a lo clásico, quizá me apunte a un gimnasio cuando Sánchez me deje escapar.

España llora

Recuerdo los primeros días de salida a las ventanas y balcones. Todavía no empezaban a llegar las noticias de los fallecidos por el virus, de los ingresados en hospitales o en las UCIs, del esfuerzo real de nuestros sanitarios, que ha llevado a que miles de ellos estén contagiados, de todos aquellos que están luchando frente a la pandemia. O de las decenas de miles de personas en toda España que supuestamente han pasado el contagio aislados en sus casas, con la preocupación y ocupación que eso supone para quienes les acompañan. Ahora, cada vez que me asomo a las ocho de la tarde, las ideas se agolpan y cada aplauso va para millones de personas, desde aquellas mujeres que fabrican mascarillas en sus casas, o los floristas que reparten claveles a la puerta de los hospitales, o los pasteleros que hacen llegar sus productos a las residencias de ancianos, o de aquellos que han escrito a los enfermos para que intenten, al menos durante unos minutos, alejarse de su soledad.  Y se escapa una lágrima.

He visto una fotografía del alcalde de Burgos colgando un lazo negro en el balcón de la Casa Consistorial. Le aplaudo. Porque otro de los temas que me sorprenden, también cada día, es la forma en que hemos tratado a nuestros muertos, muchos de ellos mayores, en algunos casos como si tuvieran la culpa de llegar a esa edad. Confieso que ahora veo las esquelas en el periódico y me fijo especialmente en los años que tienen los fallecidos y se me escapa una oración por cada uno de ellos. Tenían que estar todas las banderas de nuestro país a media asta o con un crespón negro. No podemos acostumbrarnos a perder cada día centenares de ciudadanos, muchos de ellos vecinos, con los que quizá nos hemos cruzado en algún paseo, o familiares a los que no pudimos ni despedir. Merecen un homenaje también nuestros ancianos, que se esforzaron en sacar este país adelante.

He pensado también mucho en mis padres, ya no están con nosotros desde hace algún tiempo, pero me imagino cómo lo hubiera pasado si todavía se encontraran en este tiempo. Y me acuerdo también de lo que deben estar sufriendo mis amigos con los suyos si todavía viven. Y también se me escapa una oración por ellos, y un aplauso a las ocho. Veo a los miembros de nuestro Gobierno cansados, pero no parecen mostrar ni un ápice de sentimientos. No pasa nada porque oficialmente España esté de luto durante el confinamiento. Nada. No nos impide tampoco intentar seguir disfrutando de las cosas, de ese mundo de la Cultura tan denostado por la ministra de Trabajo, que, junto al Ocio y al Turismo, pretende dejarlos encerrados hasta finales de año, con la anuencia de su titular ministerial, que todavía no ha dicho ni esta boca es mía.  Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

Aplausos a la puerta de al lado

Todos los días a las ocho de la tarde los españoles tenemos una cita en el balcón, la terraza o una ventana cualquiera. Algunos, los más lanzados, se convierten en DJ, otros simplemente jalean o ponen los altavoces para escuchar el Himno a Burgos o el de España. Estos aplausos están dedicados sobre todo a nuestros sanitarios, englobados así todas las personas que trabajan en hospitales, centros de salud…. A ellos sumamos las Fuerzas de Seguridad, el Ejército, los transportistas, los trabajadores de comercios ensenciales, agricultores y ganaderos, taxistas, periodistas, voluntarios…héroes.

 

Sin embargo, también existen ‘los santos de la puerta de al lado’ como les llamó el Papa Francisco en su reciente entrevista por skype con Jordi Évole, aquellos que tenemos en nuestro entorno, cercanos, siempre intentado mantener una buena cara y preocupados por los demás. Creo imaginar que en Burgos, en Castilla y León, en España… hay muchísima más gente que está pasando su coronavirus en casa más que en un centro hospitalario. Si tienes síntomas ya eres positivo, te recomiendan el aislamiento, y con una serie de medidas de seguridad muy grandes, para evitar el contagio. Y podrás ver algo a la persona que te deja la comida, que te recoge la basura o la ropa sucia, que te cambia las sábanas con mascarilla y guantes, y que probablemente sea la primera vez en su vida que la ha usado. Al resto de individuos que conviven contigo, ya sean padres, esposo o esposa, hijos o incluso algún abuelo, tendrás que esperar que pase la enfermedad sobre tí. Nunca sabrás si la has tenido con una prueba médica, únicamente algunos síntomas. Tu relación con la sanidad es a través de un teléfono, con personas muy atentas, al que vas contando tu vida y que intentan que no estés nervioso.

 

En esas casas particulares con pacientes que se supone que cuentan con algún miembro con covid19 hay realmente ángeles y santos. Porque no hay nada más duro que ver a tus seres queridos con una enfermedad de la que poco sabes de su evolución. Por eso creo que algún día, cuando a las 20 horas nos concentremos para volver a aplaudir -debemos continuar con aquello que nos mantiene vivos y esperanzados-, todos juntos en vez de mirar a la calle deberíamos darnos la vuelta y aplaudir hacia dentro, hacia el interior de las miles de viviendas donde existen personas infectadas, en compañía o solas, que confían en que algún día alguien les diga que ya pueden dejar el aislamiento.

 

Tardaremos todavía semanas, quizá meses, en darnos esos abrazos que necesitamos. Y probablemente este mes de confinamiento se alargue otro, y luego habrá que decidir quiénes son los primeros que pueden salir de casa e ir a trabajar, y asumir que el curso escolar se ha acabado, que los futboleros no tendrán final de Liga este año y que quizá, por fin, el Atlético sea el ganador de la Champion. Pero mientras tanto, sigamos aplaudiendo.

De ‘piso’

Siempre me he considerado un tipo ‘de piso’. Hasta hace relativamente poco tiempo era incapaz de distinguir entre un manzano y un naranjo.  Y no me pregunten por especies autóctonas que las desconozco. Tampoco crean que me resulte fácil diferenciar una vaquilla de un novillo a esas edades primeras e indefinidas, que entre una vaca y un toro ya llego. Y poco más a pesar del empeño de algún que otro amigo para que le acompañe en la vendimia, cómo para distinguir las uvas.

He sido constantemente un tipo de piso, de ciudad. En un momento me dijeron que agricultores y ganaderos trabajaban lo justo y cobraban muchas subvenciones. También decían que eran los causantes de la subida del precio de las viviendas en las capitales. Mientras tanto España iba creciendo económicamente y nuestras regiones iban perdiendo la posibilidad de recibir más dinero o incluyo de perder las ayudas, entre ellas Castilla y León, que había logrado los objetivos. Y tras el Brexit además toca apretarse el cinturón y habrá que apretarse el cinturón; los agricultores serán algunos de los más damnificados. Los recortes, en el período 2021-2027 podrían llegar a los 925 millones de euros anuales para la agricultura española, por no hablar por último del clima, que puede provocar situaciones cada vez más graves y sobre todo imprevisibles, de ahí la necesidad de los seguros agrarios.

Pero ya no pueden más. Y centenares, miles de tractores, han salido por todo el territorio, han ocupado calzadas, autovías, autopistas para quejarse de lo mismo: recibir precios injustos por sus productos. Algo que no niegan ni los que compran, y por supuesto ningún partido político, tanto que los que más se han subido al carro son Iglesias y Abascal. Porque no olvidan que suman millones de votos en esta España que se dice vaciada. No es difícil entender lo que vienen denunciando desde hace lustros, sobre todo con el precio de los productos cárnicos, les cuesta más que lo que ganan al venderlo. Y todavía estamos pendientes de los aranceles americanos, que igual ya no son lo mismo que lo que anunciaron, porque Trump se encuentra en un año electoral, pero que podrían ahogar también nuestra industria agroalimentaria basada de manera importante en la exportación.

No podemos olvidar que este sector supone en torno al 2,7 por ciento del PIB. Y que eso le convierte en un sector estratégico, por la diversidad y calidad de nuestras producciones agrícolas y el alto grado de especialización.  España es el segundo país de la UE en superficie agrícola, con el 13 por ciento.

Toca escucharlos. Encontrar soluciones. Hace unos días me preguntaba qué pasaría si nuestros jóvenes renunciaran a estudiar Medicina. Con la agricultura y la ganadería ya está sucediendo. La tecnificación se está paliando parte del problema. Pero si ellos no encuentran futuro qué puede ocurrir.

Autovías a ninguna parte

No hemos tenido suerte con los ministros de Fomento de la democracia -antes Obras Públicas, ahora Transportes- . Los que se atrevieron a poner alguna fecha para varias de las infraestructuras pendientes, nunca acertaron, y en parte son culpables de eso. Resulta lamentable el ejemplo de la Alta Velocidad en la provincia de Burgos. Mientras vemos como se extiende por el resto del territorio español, en esta tierra se paraliza por razones que nadie entiende. Podía haber estado terminada hace cuatro,cinco, seis años, con un poquito de decisión política. Ahora ya ni se incluye en los programas electorales. Bien es cierto que todavía en el camino hacia la frontera francesa la marcha de las obras es muchísimo más lenta por no decir inexistente. Pero no hay que ocultar que los viajeros hacia Barcelona han ganado tiempo a partir de Zaragoza y los del País Vasco, si contarmos con AVE, darían ya en Burgos un gran paso adelante hacia Madrid, Sevilla, Valencia…

Los dirigentes de UCD ni se acercaron por Burgos -ministros furon entre otros José Luis Álvarez, Luis Gámir-, los del PSOE de González a rachas: estuvieron en Fomento políticos como Abel Caballero, Barrionuevo o Borrell. Infausta memoria para los gobiernos de Aznar: Arias Salgado, el del soterramiento imposible, Álvarez Cascos..  Luego llegaron Magdalena Álvarez, Pepe Blanco, Ana Pastor, Iñigo de la Serna -todavía recuerdo una rueda de prensa en medio de la circunvalación donde anunciaba la solución a todos los sueños burgaleses- y ahora Ábalos, al que ya se le reconoce su capacidad de mentir.

Ya nadie da fechas para la realización de los trabajos pendientes. Lo que antes era usado hasta la saciedad para conseguir votos, ahora que las hemerotecas no perdonan, no hay donde encontrar un año para la puesta en marcha, por ejemplo, de la autovía de Cantabria o la del Camino de Santiago hacia La Rioja. No tardaron en lucrarse las autopistas, como es el caso de la que fuera AP1, con continuas ampliaciones de la concesión, mientras que la carretera principal de España, por algo lleva el nombre de Nacional 1, sumaba fallecidos en su memoria. Cuando se acabaron todas las excusas no hubo más remedio que la AP1 regresara a las autopistas del Estado.

Solo una excepción, la Burgos-León, la autovía que fomentó Lucas para vertebrar la Comunidad, y si es verdad que no era la más necesaria, en ciertas épocas del año genera un volumen de tráfico importante que alivia transversalmente la circulación por Castilla y León. Ojalá hubiera sucedido lo mismo en dirección Soria, ya sea desde Valladolid o desde Burgos.

No se pueden finalizar unas líneas sobre infraestructuras sin citar el tren directo, ese que llegó a Burgos con el general Franco al mando, quizá por ello está maldito. Es pura matemática que la línea más corta entre dos puntos es la línea recta. Pero ya ni sumar se puede.

Blade Runner

La película que protagonizara Harrison Ford y dirigiera  Ridley Scott cumplirá pronto 40 años. Y el autor fijaba en noviembre de 2019 al inicio del guion los avances de la ingeniería genética que culminarían en Nexus 6, un robot parecido al hombre pero con mucha más fuerza y agilidad. Eran los replicantes que buscaban los Blade Runners para acabar con ellos tras su rebelión. El escenario, una megalópolis deshumanizada en la que se ha convertido Los Ángeles, nada que ver con el LA actual.

Hemos superado 2019 y pocos de los vaticinios de Philiph Dick en el libro de que partió el film parecen haberse cumplido.  Veremos cuando lleguemos  a la ‘nueva normalidad’ en la que tanto insiste el presidente Sánchez, con la pandemia acabada o controlada, si nos acercamos a las predicciones de esta película de ciencia ficción. Todavía hay quien se levanta cada mañana y al encontrarse con la realidad piensa que vive un sueño, o más bien una pesadilla. Que nunca abandonaremos la fase 0 porque hay personas que pasean y hacen deporte como si  no hubiera un mañana, otros a los que las medidas sanitarias no les convencen y no quieren ver una mascarilla ni gratis –hasta las roban de los buzones-, jóvenes que se creen inmunes sin ser conscientes de que pueden no tener síntomas pero contagiar a sus mayores o a sus hermanos más pequeños,  vecinos que se van a pasear a fila de a 6 –horizontal  eso sí-, desde el horario de salida hasta su vuelta a casa, y ahora están viendo que igual no es el más razonable para los más pequeños.

Por eso no es extraño encontrarse con gente con miedo, bastante miedo,  que lleve casi más de dos meses sin salir de casa o lo mínimo  imprescindible mientras ve desde su ventana como otros se saltan las más mínimas reglas mientras sonríen. No es momento de buscar culpables cuando te encuentras con políticos que nunca respetaron el confinamiento u otros que quieren entrar cuanto antes en la fase 1 ó 2, sin tener las condiciones necesarias, que hacen que seamos los más exigentes entre los exigentes, pero es verdad que una vida solo no tiene precio.

Esperemos, por eso,  que la nueva normalidad no suponga mandar al ‘retiro’ a aquellos replicantes que se rebelaron de su esclavitud en las colonias exteriores de la Tierra en Blade Runner, porque si algo nos queda es la libertad y la responsabilidad, y en esto tengamos que insistir.  Y probablemente podamos decir cuando nos hayamos liberado de este bichito tan pequeño como peligroso que “He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

Cincuentones

Tenemos que reconocer que con cada década vamos sumando manías, que estamos mayores, pese al aumento de la media de edad española, sentimos que nos cansamos antes. Y que  pensamos como Rafael Nadal que si al levantarnos no nos duele nada, es que estamos muertos. Que la calvicie nos delata, también las ojeras, y de lo que algunos se van encontrando que es la barriga cervecera, algo a lo que  mis colegas generacionales quieren combatir con su nueva pasión por el gimnasio, por salud, o por imagen, o por las dos, cualquiera sabe. También tenemos respeto hacia las ordenadores, excepto los automóviles que apasionan. Y somos adictos del móvil, aunque de una forma desequilibrada y lela. Hemos perdido demasiado tiempo con los memes y las tontadas.

No somos milenials. Y por eso los padres cuando llegan a la cincuentena ya  no saben qué hacer con los chavales si se aproximan a la adolescencia, les pilla con el pie cambiado. Si mandar o ceder, y muchos  no han pisado el colegio de sus hijos en los últimos años. Y así están. Estoy escribiendo de nosotros, las nosotras son diferentes.

Pero también pertenecemos a una generación que puede enseñar lo que ha sido el esfuerzo a las venideras. Había suspensos en nuestra educación, no pasabas de curso con ellos, y nuestros padres daban la razón siempre a los profesores. Crecimos con esfuerzo, también alegres. Conocimos de adolescentes esos años de transición durante los que atravesamos la Universidad.  En este 2020 donde parece que nos quieren ideologizar en exceso, donde la sociedad parece triste, y donde sus gobernantes le tienen miedo a la libertad que puedan ejercer los ciudadanos y nos llenan de prohibiciones y dogmas.

Nuestra generación buscó lo que nos unía, pero se ha ido desinflando y le dejamos a nuestros mayores y a los que nos seguían el liderazgo que merecíamos. También llegaron los ERES, y las jubilaciones anticipadas, y la crisis.

Pero todavía nos quedan años para pisar fuerte, con algo de optimismo, sobre el morral. Carlos Sainz lo ha vuelto a hacer. En medio del desierto de Arabia, entre  las dunas del tortazo de Fernando Alonso que pretendía quitarle su reino, y donde una jovenzuela como Cristina Gutiérrez muestra año tras año que su generación también puede apretar, el piloto madrileño ha demostrado que cuando uno intenta ganar siempre muchas veces lo consigue. Y, por ejemplo, esta semana un par de ‘viejunos’ como Serrat y Sabina han vuelto a vender todas las entradas para el Wizink Center en dos conciertos seguidos.

Sí, somos olvidadizos también al cruzar esta década, la memoria nos falla. Pero hemos vivido muchas cosas y los cincuentones todavía tenemos tiempo para otras muchas, y para disfrutarlas. Todavía podemos pasar a la historia, a esa pequeña historia del día a día.