27
Jun 17

Permiso, perdón y gracias

Recuerdo los últimos meses en vida de mi madre. Se disculpaba por las molestias que nos había causado durante todos los años que estuvo enferma. Yo me tenía que salir de su habitación para llorar. Salvo que seas un cazurro o tengas imposibilidades claras, qué puede hacer un hijo por su madre que estar con ella cuando lo necesita. Agradezco muchísimo a mis hermanos que vivían en la misma ciudad la presencia casi continua que han tenido, y los sacrificios de tiempo y trabajo que les llevó. Como ocurrió con mi padre. No fueron años fáciles, pero nunca una mala cara, ni un mal gesto. Acompañando a mis sobrinos que eran -y lo siguen siendo- la alegría de la casa.

Con mi padre, sí que me arrepiento de no haber hablado lo suficiente. Nunca hemos sido de grandes discursos. Todavía, cuando han pasado ya unos años, amigos, alumnos, conocidos suyos me recuerdan algunas de sus vivencias y lo que le admiraban y querían. Mi madre aguantó hasta las últimas semanas a que le lleváramos a la tertulia con las maestras jubiladas que tenían habitualmente. Hasta que empezo a quejarse, no funcionaban ni los parches, ni las pastillas. Hasta que se fue sin mucho ruido y nos dejó huérfanos.

Agradezco a Dios enormemente haber vivido en una familia así. Cuando iba a ver a mi madre, siempre quedaba con mi sobrino pequeño para buscarle al cole y que mi hermana pudiera hacer una jornada más continua. Y doy gracias porque he aprendido mucho de este chavalín, al que quiero mucho, como al resto. El Papa Francisco no deja de insistir en las claves de la vida en familia con tres palabras: Permiso, perdón y gracias. A pesar de los malentendidos, de las discusiones, la palabra Permiso nos recuerda que en la familia, en cualquier de ellas, incluso la que une más que los lazos de la carne, nos dice que debemos ser delicados, respetusos y pacientes con los demás. Dar las gracias, dice Francisco, parece un signo de contradicción en una sociedad recelosa, hay quien lo ve como debilidad. Pero la dignidad de las pesonas pasa por una educación en la gratitud. Y el perdón es el mejor remedio para evitar que la convivencia se agriete y llegue a romperse.

Son palabras simples, ¡pero no tan simples para poner en práctica!, asegura Francisco. Encierran una gran fuerza; la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles de dificultades y pruebas; en cambio, su falta, poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso derrumbar.

‘Consejos vendo que para mi no tengo’. Pero qué bueno sería que al final de la vida no tengamos que arrepentirnos del tiempo que no dedicamos a las personas que queríamos. Es el tiempo mejor aprovechado y más agradecido.

Disculpen, estimados lectores, que haya perdido el pudor en estas líneas. Pero como dice mi hermana estas ‘cosas’ se curan ‘despacito’.


29
May 12

Dolor de amor

Son historias que no te acabas de creer hasta que las tienes cerca. Cuántas veces hemos oído que una viuda ha fallecido pocos meses después del óbito de su marido. Y se muere de amor. Y duele el amor. Después de treinta, cuarenta o cincuenta años juntos no hay fuerza que les separe, ni el cariño de sus hijos, ni las risas de sus nietos. Su corazón y su mente continúan junto a la persona de la que ha sido inseparable durante tantos años. Y por mucho que se empeñen los familiares más cercanos, ese amor trasciende la muerte del otro, y sigue vivo y el máximo deseo es acompañarle allá donde esté. Y tras la pérdida esa persona enferma, puede llegar quizá a la depresión y dejar de estar con la cabeza en este mundo.

Son muchas las dificultades que un matrimonio pasa a lo largo de su vida. A veces nimiedades, otros verdaderos dramas, del alma y del cuerpo. Falta de trabajo, de recursos, enfermedades graves, fallecimientos de seres cercanos, dificultades con los hijos o discusiones nimias, que a muchos les lleva a la separación y a otros les refuerza en su vida en común. Hay familias que cada hijo, los que fueran, vienen con un pan debajo del brazo, para otras pueden ser un sinfín de problemas y de dificultades. Y cabe que cuando llegue el momento de la jubilación todavía te azote alguna dolencia o malestar. Pese a todo, han vivido juntos una vida plena, y entiendes que la marcha de uno de ellos suponga un dolor intenso del corazón al otro, de esos que no se cura con pastillas ni con tratamientos para el cuerpo. Un dolor que cuando has vivido tanto, parece que ya no merece la pena vivir más. Y se irá apagando poco a poco.

Y  qué queda a los hijos y a los nietos, pues no lo suficiente, por mucho que se aferren a un clavo ardiendo. Si tienen fe, comprender que después de la vida habrá otra, eterna, que les dará la felicidad. Si no la tienen y si la tienen, intentar recordar los buenos momentos que todos pasaron juntos, que a buen seguro fueron abundantes, sonreír con ellos, compartir tiempo con sus hermanos y sus sobrinos, derrochar cariño, escuchar y vivir la vida tan intensamente como lo hicieron sus padres. Se escaparán lágrimas al ver una fotografía o al escribir un recuerdo, pero con la tranquilidad de saber que vivieron felices y a veces con la congoja de no haberles dedicado el tiempo necesario. Si tu, amigo lector, todavía estás a tiempo, corre al teléfono o vete a su casa, y dile a tu madre, y a tu padre, que les quieres y dales un abrazo muy fuerte con una sonrisa entre tus labios.

Columna publiada en DB el 28 de mayo


22
Nov 11

Morir

Tengo una edad ni necesariamente alta como para pensar en una muerte cercana, ni necesariamente baja como para no pensar en ella. Después de los cuarenta, ya les digo, que los achaques se van multiplicando y hay que cuidarse. Es esa edad donde los parientes más cercanos comienzan a ausentarse. Apenas conocí a mis abuelos, salvo a la madre de mi madre. Murieron relativamente jóvenes –hace treinta años con 70 años ya eras un anciano, ahora decimos que estás en plena madurez, eufemismos-. Tuve el gozo de disfrutar de mi padre 82 años, y ahora sigo haciéndolo de mi madre.

A mi padre le diagnosticaron un cáncer con un porcentaje muy desfavorable el mismo año de su jubilación. Me llamó mi madre para decirme que tenía unos síntomas malos, y que él había dicho que le lleváramos a Pamplona. Allí nos fuimos, amparados también por el igualatorio. El diagnóstico era un cáncer de estómago grave, pero no se había extendido. Aunque soy partidario de contarle a los enfermos la situación de la enfermedad que padecen, no se lo dijimos, porque casi todos en casa somos un poco hipocondriacos y mucho nos teníamos que se hubiera puesto entonces peor.

Desde aquel año, 1992, creo que todos los hermanos estamos mucho más unidos. Nos turnábamos por semanas para acompañarle durante el tratamiento en Pamplona. Y le animábamos mucho. Mi padre desde entonces no fue el mismo en su bienestar físico, pero creo que nunca nos transmitió lo que sentía. Los últimos años los pasó en silla de ruedas, tuvimos que convencerle para que saliera a la calle en la misma, no le gustaba que le vieran así, pero luego lo agradeció. Nunca perdió su buen humor y menos su entusiasmo y el cariño por sus hijos y nietos. El mismo de mi madre, con la que ahora doy los mismos paseos en la silla que mi padre. Tíos míos y primos también fallecieron en estos últimos años por el cáncer. Y todavía es más difícil para aquellos padres que pierden un hijo o un nieto.

Espero que hayan disculpado este desahogo –recordarlo me hace llorar, ya saben cómo somos los asturianos- pero tengo buenos amigos y amigas que están pasando ahora por un mal momento por haber perdido un ser querido o por tenerlo con una enfermedad grave y probablemente larga, con una dudosa esperanza. A los que les duele el cuerpo y el alma. Que no entienden el porqué de estas situaciones.  Estamos en noviembre, el mes de los difuntos. Se llora mucho, se sufre mucho. Y probablemente no se entiende nada. Tenemos ansias de eternidad que nuestro cuerpo no aguanta. Creo que es muy bueno compartir el dolor. Y desahogarse. Y pensar en los buenos momentos disfrutados. Y soñar en un futuro juntos. Me acuerdo mucho de mi padre cuando le veo con la foto con una copa de Martini. Y sé que donde esté –era un buen creyente que transmitía la fe- se la tomará a nuestra salud.


11
Feb 11

La fe mueve montañas

Por muy extraño que pueda parecer, en febrero de 2011, más de quinientas personas se juntaron hace unos días en la parroquia de San José Obrero, la que se encuentra enfrente de la que fuera la sede de Diario de Burgos, para iniciar la Adoración Permanente a la Eucaristía. Será por ahora la sede en la capital de este movimiento. Quizá en estos tiempos haya ya que recordar lo que significan esas palabras, aunque todavía a la catequesis de Primera Comunión asisten centenares de chavales para intentar conocer la vida de Jesús, sin embargo han pasado ya las ocasiones en que al salir de casa uno se persignaba.

Curiosamente ha quedado como costumbre o superstición para los jugadores de fútbol al salir al estadio o al celebrar alguno de los goles. En algún momento escuché hace ya tiempo a un sacerdote español como se había encontrado con un amigo suyo en Roma y señalándole el mapamundi le había dicho que ese era el gran fracaso de los cristianos, porque si realmente creyeran que Dios estaba presente a través del Sacramento, habrían cambiado el mundo, y con él a todas las gentes. Lo que sí puede resultar un milagro –para creyentes o agnósticos- es que cuando no se había puesto en marcha esa Adoración Permanente, que supone 24 horas al día, los 365 días al año, ya había cerca de 400 inscritos, y todavía unas cuantas personas pendientes de que se les adjudicara un turno, que es semanal, y que en algunos casos puede ser a las tres o a las cinco de la mañana durante una hora de tiempo.

Esta sí que es gente de fe. Y ellos sí que moverán montañas, porque aunque a muchos nos cueste creerlo, se puede confiar en el poder de la oración. Hay miles de personas en los antiguos países del Este que piensan, y no por casualidad, que la caída del muro de Berlín fue motivada por la perseverante plegaria de un Papa polaco. Me cuentan que en España, hace ya más de medio siglo, apareció un cura irlandés, el padre Peyton, que con su campaña en favor del rezo del rosario en familia llegó a casi treinta millones de personas que asistieron a sus actos en todo el mundo, de ellos ochocientos mil, por ejemplo, en Barcelona. Y que gracias a ello se llegó a la unión de muchas familias. No es la fe cuestión de otros tiempos. Ni tampoco un artificio ante la muerte. Sorprende acompañar a un buen cristiano en los últimos días de su vida. Es ejemplarizante.

En estos temas soy de bastante manga ancha y creo que el Dios de los creyentes, de todos al margen de su religión, es un Dios que perdona,  y un Dios magnánimo y generoso, y sé que a todos les acompañará en los momentos más difíciles de su vida. Pero para eso también hace falta fe, de esa que se puede cortar. De esa que tienen el medio millar de burgaleses que se comprometen a elevar sus plegarias seguro que por todos los ciudadanos con que conviven, una hora a la semana, 42 semanas al año. Eso sí que es perseverancia, confianza y amor.