La declaración de Atapuerca como Patrimonio Mundial en el año 2000 fue un punto de inflexión, sí, pero no el origen. Para entonces, ya habían pasado más de dos décadas desde que comenzaran las primeras excavaciones en esta Sierra aparentemente modesta, que acabaría revolucionando el conocimiento sobre la evolución humana en Europa y el mundo.
Los galardones fueron llegando, uno tras otro. En 1997, el Equipo de Investigación de Atapuerca recibió el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, al que tuve ocasión de asistir, un acto emocionante de manos de Felipe de Borbón -junto a ellos Vittorio Gassman, Martín de Riquer, Rostropovich, Menuhin, Havel, CNN Alvaro Mutis, el equipo español de maratón campeones del mundo y Guatemala por su proceso de paz…pedazo de foto, menudo elenco- , y ese mismo año, el Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades.
Después vinieron premios nacionales y europeos, distinciones a la divulgación, doctorados Honoris Causa en universidades de todo el mundo… Pero el primer reconocimiento fue íntimo y simbólico: los Martinillos de Oro de Diario de Burgos. Junto a los codirectores del Proyecto Atapuerca, Arsuaga, Carbonell y Bermúdez de astro, aquel galardón honraba también a Modesto Ciruelos, Purificación Santamarta, los funcionarios de prisiones que luchaban por la liberación de Ortega Lara, y los hermanos maristas burgaleses asesinados en Zaire. Un acto emotivo en una carpa en el Monasterio de San Juan.
Atapuerca no es solo ciencia: es memoria, es constancia, es comunidad. Porque si algo ha definido al equipo es su mirada compartida, su trabajo en red, su fe en lo colectivo.
“En Atapuerca es donde han habitado mis sueños, no solo mi presencia física”, ha dicho Juan Luis Arsuaga, director científico del MEH y codirector de las excavaciones. Y basta detenerse un momento en el silencio de la trinchera para entender por qué.
Hoy, a 25 años de su reconocimiento mundial y camino de 50 de trabajo incansable, como mostramos en el artículo de Trino Torres, Atapuerca sigue hablando. Y nosotros, por suerte, seguimos escuchando.