Bonos al consumo, punto de partida

La prueba de que los bonos al consumo han resultado un rotundo éxito es que se acabaron al poco tiempo de sacarlos a la ‘venta’. Sin duda han sido una gran ayuda y un revulsivo para el pequeño comercio, ese que habitualmente se encuentra en el centro y los barrios de las ciudades, creado por los sufridos autónomos, en el que la mayoría del empleo es familiar, y que crea continuos quebraderos de cabeza.

Da lo mismo que la idea no haya sido original del Ayuntamiento de Burgos si cuando copiamos se hace bien y con acierto. Porque a veces fusilamos ideas que son rotundos fracasos, como puedes ser el caso del aeropuerto de Villafría. Con los bonos dos campañas, dos conquistas. Si bien en el tema de la hostelería faltaría el remate y más cuando se anuncian subidas de precios debido al aumento del valor de las materias primas, que por cierto poco repercute en los productores en el caso de agricultores y ganaderos, y todavía está por cumplir la promesa del presidente Sánchez de que en 2021 pagaremos por la luz al final lo mismo que abonamos en años anteriores.

La importancia del pequeño comercio en nuestros cascos históricos, en nuestros barrios es esencial. No solo por la creación de empleo y el mantenimiento de las fuentes de ingreso de miles de familias, sino porque es la principal forma de darle vida a nuestras calles y más en una ciudad como Burgos que en otoño y en invierno hay que proponerse salir a la calle para pasear y comprar. Es una batalla también contra la gran invasión de las plataformas de venta que han sabido ganarse al cliente con su eficacia, hasta ahora con sus precios –que ya comienzan a elevarse- y también por su comodidad a la hora de buscar un producto y de que te llegue a casa por un módico precio.

Pero los comerciantes deben reinventarse, hartos están seguro de escuchar esa palabra de asociaciones que les agrupan, de asesores, de los propios colegas… No vale que una administración local utilice sus recursos para ayudarles porque lo mismo debería hacer con otros sectores –por ejemplo, la demanda de los gimnasios- si al final ellos no ofrecen un mejor servicio, una atención personal, buena calidad a un mejor precio y oferta. Particularmente estoy encantado cuando me acerco a un local y me llaman por mi nombre. Eso no podemos perderlo nunca, que no vivimos en Madrid, Barcelona o Valencia. Hay por ejemplo una gasolinera entre Valladolid y Burgos donde una vez que te llenan el depósito –cada día mucho más caro- te ofrecen un caldo que no viene nada mal. Allí me tendrán cuando sea necesario repostar. Hay bares donde te ponen unas aceitunas o unos cacahuetes –no voy a pedir las tapas de Granada, ni los pinchos de Gijón- pero el detalle siempre vale, y de eso deberíamos ocuparnos

Bien por los bonos al consumo, bien que se puedan repetir en esa tan temida cuesta de enero. Bien, pero si nos ayudan también a mejorar el servicio.

El efecto Concorde

Muchos de ustedes lo recordarán, el Concorde fue un avión supersónico de pasajeros, en servicio entre 1976 y 2003, construido por franceses y británicos para unir Londres y París con la costa Este de Estados Unidos especialmente, con una reducción de tiempo bastante notable en relación con otros vuelos, y por eso se convirtió enseguida en un icono esta maravilla de la ingeniería de la que es fácil acordarse de su imagen.

Pero, siempre hay un pero, los 14 aviones supersónicos  que circularon durante ese tiempo apenas eran rentables y se retiraron del servicio. París y Nueva York estaban conectados en apenas 4 horas más la inversión de empresas y gobiernos había sido irrecuperable, y la cuantía de cada vuelo también. No es que no se dieran cuenta de que el coste del propio Concorde y sus gastos de mantenimiento no fueran a ser elevados, y mucho, pero abandonar el proyecto suponía aceptar el error, y la brillante presentación años después se convirtió en un fracaso. Y el importe ya irrecuperable por mantenerse en un proyecto fracasado y seguir adelante por la presión de intentar recuperar ese dinero mal invertido o al menos no convertirse en el blanco de todas las burlas.

Este efecto Concorde se emplea desde entonces en economía equivalente a un coste hundido al emprender un proyecto prácticamente fracasado desde el principio y continuar adelante por la presión exterior, la propia imagen e incluso el amor propio. Pero este efecto no es solo aplicable a la economía, sino que está presente en nuestras vidas más de lo que podemos imaginar, cuando pretendemos avanzar con algo que sabemos que está mal encaminado por miedo al qué dirán, o cuando elegimos unos estudios aunque a la mitad de la carrera ya somos conscientes de que no era lo nuestro, pero aguantamos hasta el final pudiendo cambiar antes.

Es cierto que una vez tomada una decisión lo mejor es no volver a mirar atrás, pero no quita de mirar hacia el futuro, de trascender y cambiar por si lo que hemos hecho puede haber resultado un error.

Tenemos derecho a equivocarnos, por mucho esfuerzo que le hayamos dedicado previamente,  y a cambiar de trabajo, de ciudad… si creemos que hemos agotado demasiada energía cuando podríamos dedicarla a otra más satisfactoria. Paradójicamente quizá muchos no la entenderían, pero al cabo del tiempo no nos arrepentiremos, aunque hayamos gastado tiempo con esos costos hundidos.

Paliativos con conciencia

En marzo y abril de este 2021  volvió el parlamento francés a debatir un proyecto de ley de eutanasia. El ministro de Sanidad se había mostrado contrario porque aseguraba que la ley vigente permitía resolver la inmensa mayoría de las situaciones difíciles remarcando que la verdadera prioridad es reforzar los cuidados paliativos. En Francia la legislación aprobada en 2016 autoriza la sedación profunda de pacientes terminales pero cierra la puerta a la eutanasia activa.

El ministro cumplió lo prometido y presentó un plan quinquenal de cuidados paliativos y soporte al final de la vida. Aunque han aumentado de 139 a 164 en cinco años las unidades paliativas, todavía no existen en 24 departamentos (provincias). También la previsión para 2025 es que haya 350 médicos especialistas más para cubrir las necesidades de este área, por lo que habrá una especialización universitaria en medicina paliativa.

Los cuidados paliativos son un derecho del paciente, y deben estar accesibles para todos y en todas partes. No es la primera vez que esta Página par se ocupa de esta situación ya sea de una forma directa, o indirecta y en Burgos lamentablemente el desacuerdo existente entre el Sacyl y el Hospital San Juan de Dios, el lugar donde más paliativos se atienden en nuestra provincia, hace que este servicio que realizan pueda desaparecer por el cierre de la clínica. Y aunque desde el servicio público de Sanidad se asegura que el Complejo Hospitalario (HUBU y Valles) asumirían este trabajo, con los problemas que existen de listas de espera, etc. no parece que nuestros ancianos enfermos permanentes vayan a convertirse por una vez en urgente prioridad.

Otra patata caliente en la que muchas veces lo que falta es cariño más que medios técnicos. Una buena alimentación y una delicada atención, que cumplen la mayoría de profesionales sanitarios. Más nada se oye de presupuestos, estrategia o planificación cara al posible cierre o finalización del convenio con el hospital del paseo de la Isla. Puede que ambos tengan razón, y el acuerdo sea escaso financieramente, o que los hermanos no cumplan con los objetivos marcados en operaciones y consultas. Y que solo para la atención de paliativos no se mantenga abierto todo el centro por los costes que supone.

¿Existe ya un estudio para conocer hasta dónde se podría llegar en el Divino Valles con estas unidades de cuidados paliativos con el mismo coste del convenio? ¿De cuántas camas estaríamos hablando? ¿Cuántos médicos, enfermeras, auxiliares se podrían contratar? ¿Queremos darles a los mayores la dignidad que merecen y agradecerles los servicios prestados para que sus últimos meses o días sufran –en el corazón y en el cuerpo- lo menos posible? Ya hay asociaciones de voluntarios que acompañan a ancianos y enfermos solos ¿se va a contar con ellos? Algo habrá que hacer, y pronto.

 

 

 

 

Te lo bailo

Hace algunos ańos jóvenes adolescentes acudían a la exclamación ‘te lo bailo’ para mostrarse indiferentes ante las propuestas de los adultos, ya fueran familiares o profesores. Un tiempo después hemos pasado del baile al ‘me la pela’ o ‘me la trae floja’ , una expresión más zafia y probablemente más contundente. De hecho es el título del primer capítulo de la nueva temporada de  ‘Hit’, la serie de rtve donde el protagonista es un profesor de chavales difíciles, estos con pocas ganas de estudiar y muchos problemas personales, y aquel con ganas de transformarlos.

Las series han convertido a los jóvenes en tipos singulares, donde son capaces de enfrentamientos entre ellos, donde corre con libertad la droga y el sexo y si resulta que estudias y no pasas el fin de semana entre el botellón y la cama estás mal visto. Y en la mayoría de las ocasiones la relación con los padres -también poco ejemplares- es nula. Así parece que tienen que ser los productos televisivos para que aumente su consumo, y para llegar a esos públicos que lo han cambiado por los vídeojuegos y los streamers.

Del ‘te lo bailo’ al ‘me la pela’ apenas ha transcurrido tiempo, el que ha pasado en abandonar las salas con el futbolín o el billar a su transformación en casas de apuestas. Y es que cómo hemos cambiado que cantaba

Presuntos implicados. Y la sociedad parece que los valora a estos muchachos para  mal por la imagen que transmiten los medios de comunicación o las redes sociales.

Más la mayoría de los jóvenes no son así. Hay mucha solidaridad y bastante asociacionismo. Están mejor preparados que nunca, al menos eso dicen los expertos, y podrían valerse por sí mismos, aunque no se independizan ni habiendo encontrado un trabajo fijo y decentemente remunerado, lo que no es nada fácil. Parece también que cómodos son y que se alejan del compromiso.

Y me decía una amiga que me fijara en la noticia publicada la semana pasada por DB donde se contaba que más de 60 alumnos del Instituto Padre Aramburu de los Salesianos comenzaban en sus talleres de FP a fabricar incubadoras para neonatos con destino a hospitales de países del tercer mundo, donde las elevadas tasas de mortalidad hacen que mueran nueve de cada diez niños que nacen de forma prematura. E igual que en el Aramburu muchos centros escolares han multiplicado las acciones de voluntariado entre los alumnos, a los que al menos no se la pela dedicar tiempo a ayudar a pequeńajos de África y Latinoamérica. Y de estos hay muchos. Quizá merezcan que se les haga algo más de caso.

 

 

Memoria, dignidad, justicia

El próximo 1 de julio de 2022 se cumplirán 25 años de la liberación de José Antonio Ortega Lara. Fue un día de júbilo en Burgos después de 532 días de sufrimiento por un paisano del que desconocíamos cualquiera de sus circunstancias. Después se supo que el ex funcionario de prisiones estuvo a punto de quitarse la vida, pero el pensamiento de su familia, su fuerza mental y su fe le mantuvieron vivo. Hace 10 años, la organización terrorista que lo secuestró abandonaba las armas. Todos los políticos quisieron apuntarse el tanto, pero es conocido que las Fuerzas de Seguridad del Estado en España y la presión de Francia en ese momento provocaron fundamentalmente esa decisión.

Si hoy preguntamos en cualquier instituto de esta ciudad por ETA las respuestas serán seguro muy variadas, dispares y probablemente equívocas. Contando la historia de José Antonio a estos chavales se muestran sus caras de asombro. Cambiando de nombre sus partidos algunos de los más destacados dirigentes de la banda han pretendido restañar las heridas provocadas por sus más de 850 asesinatos, 2.600 heridos y 90 secuestros, pero sin arrepentirse ni un ápice. Las víctimas -aquellos que sufrieron atentados y sobrevivieron y familiares de los fallecidos y heridos- multiplican la triste herencia etarra, por eso no es de extrañar que la inmensa mayoría pidan a gritos: Memoria, dignidad y justicia.

Está bien que hayan cambiado las pistolas por los sillones de las instituciones, y que por una vez no hayan mentido en sus anuncios sucesivos de tregua, evidencia de su mala situación en aquel momento. Son respetables cada uno de los votos que reciben en la actualidad. Pero alguna formación política debería reflexionar si tendría que aceptar las palabras de un terrorista condenado como es Otegui en las que vendía sus sufragios por la libertad de 200 colegas que penan por la sangre que derramaron y otros muchos que aun no han sido juzgados.

Estos malhechores han causado mucho dolor como para olvidar. Y lo estamos olvidando, lo han hecho ya las nuevas generaciones de españoles, lo están haciendo las anteriores por seguir en el poder, y lo están sufriendo todavía ciudadanos que se tuvieron que exiliar de su tierra y perder sus empresas por no pagar el mal llamado impuesto revolucionario; además de dividir a las gentes de un territorio que dejaron de hablar de algunos temas considerados tabús para no separar aún más a sus familias, a sus amigos, a sus colegas de trabajo. La herida abierta todavía será difícil de taponar. Porque los que representan a los miembros de la banda no tienen la mínima intención de pedir perdón, pocos lo han hecho, y los que lo hicieron fueron relegados.

Memoria, dignidad y justicia es lo mínimo que podemos exigir en nombre de los centenares de compatriotas que perdieron su vida.

Necesitamos sabios

Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Periandro de Corinto han pasado a la historia como los siete sabios de Grecia, recordados por aforismos como La moderación es lo mejor o la máxima Nada con exceso, todo con medida . Se les atribuye también la frase No desees lo imposible. E incluso en tiempos de incertidumbre Debes saber escoger la oportunidad.

Hay asuntos en la política que merecerían contar con un Ágora para debatir entre filósofos y sabios y alejar a mucha distancia a los políticos. Estos temas los podrían escoger ustedes amigos lectores con el sentido común. La educación es uno de ellos, la escolar y la ‘buena educación’. Llegar al consenso imposible en que nos encontramos actualmente. Igual que la justicia, la legal y lo que significa dar a cada uno lo suyo, la social,  y dejar de escuchar en el Congreso si un individuo merece o no un salario mínimo digno.. Que lo debatan los sabios y claro que lo merece. Sin colores partidarios ni partidistas, que busquen lo mejor para esta especie humana nuestra. Y como la educación y la justicia, la salud, lo que más añoramos cuando no la tenemos, y cómo evitar batallas políticas o personales que alejan de lo que debe ser la ocupación de los galenos: hacer de la vida de los enfermos la primera de las preocupaciones. Corremos el peligro de convertirnos en unos inútiles o en unos chapuzas. Hay temas que son endémicos como las listas de espera, con cualquier gobierno, pero no es menos cierto que se puede trabajar con eficacia o no, o se pueden ir colocando trampas en el camino. ¿Importa si el color es naranja, azul o rojo si eres competente? Parece que sí.

No podemos encontrarnos permanentemente que por el hecho de estar en la oposición sistemáticamente haya que enfrentarse a cualquier propuesta de un gobierno local, regional, nacional o europeo…. Y viceversa.

Lo acabamos de ver en los presupuestos del Estado. Hay asuntos de los que podrían olvidarse nuestros sabios, pero no nuestros políticos, por el futuro de nuestro país, porque no estamos aislados del resto del mundo: las infraestructuras, por ejemplo, o la cultura, o la economía, o el acceso a internet, o el mundo rural, o esa España que se vacía porque no hay igualdad de oportunidades en todos los lugares. Discutan, eso sí, no son necesarios tantos para salvaguardar a España, y solucionen muchos problemas que los hay y busquen un grupo de personas instruidas, inteligentes, prudentes, estudiosos, pensadores, juiciosos… universales que sin colores algunos se afanen con sentido común –el menos común de los sentidos- por el bien también común.

145.000 mayores solos

No es la primera vez que esta Página Par aborda el tema de la soledad de nuestros mayores. Ni desgraciadamente será la última. Vivimos más años,  supuestamente nos cuidamos más, pero nada más y nada menos que 145.000 personas mayores se encuentran en situación de soledad en Castilla y León. La noticia que leía hace unos días en este periódico señalaba que era un desamparo ‘no deseado’ a pesar de que aumentan los singles, las separaciones, les aseguro que con los años crecen las manías (calculen que cada 10 años sumamos una, pero solo se dan cuenta quienes nos conocen y además no se atreven a decírnoslo y cuando lo  hacen ya es tarde), y nos aguantamos menos. No queremos el aislamiento, pero nos lo buscamos a conciencia a veces.

Y no han salido bien parados los ancianos de esta pandemia que todavía nos tiene ocupados. Han perdido muchos a personas con las que habían convivido casi toda su vida. Todavía tienen miedo para relacionarse. Las circunstancias vitales van cambiando y  la gran mayoría disfrutan de su familia con poca frecuencia. No hay plazas en residencias accesibles económicamente, y realmente donde un anciano quiere vivir es en su casa, en la que conserva sus recuerdos y sus sueños.

Parece que la Junta de Castilla y León ha diseñado un plan estratégico contra esa soledad no deseada y el aislamiento social y al que dedicará más de 100 millones de euros. Que nuestros políticos detectan los problemas en la mayoría de los casos es evidente, otro asunto es si hay soluciones para los mismos. Y hablamos en una zona de España con una densidad de población en algunos territorios similar a la de Laponia. Me gusto de Fernández Mañueco que les dijera en un encuentro con los mayores para hablarles de este plan que ‘Nunca caminaréis solos’:  si nuestros próceres les acompañan como la afición del Liverpool a su equipo, en las duras y en las maduras, podremos fiarnos sino no me atrevería ni a hacer una sola propuesta en para ese plan.

No es fácil la solución. Hay ONGs en Burgos –en entidades sociales o en parroquias- que acompañan a las personas solas, que en ocasiones lo que necesitan es un rato de conversación o una sonrisa, a personas que lo han dado todo y se  van quedando en el camino.

A los que somos unos nostálgicos, a veces por la tarde aburrimos a nuestros compañeros mientras trabajamos escuchando a Alejandro Sanz, Serrat, Sabina o Melendi. Pero saltarse la soledad a la torera no es tan fácil.

La especie ¿elegida?

Hace ahora veinte años, un par de científicos ya reconocidos por su trabajo en Atapuerca, Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, escribieron un libro en el que se preguntaban si el hombre ‘es la especie elegida’; tanto Juan Luis como Nacho seguro que se siguen haciendo esta pregunta al no hallar una fácil respuesta, tan compleja como el saber si los homínidos de la Sima de los Huesos fueron arrojados allí ritualmente o por casualidad.

¿Somos la especie elegida con todas las tragedias que ocurren en el mundo, y que se suceden una tras otra, obligándonos a olvidar las anteriores casi a los pocos días? En Afganistán ha vuelto la ley del silencio. En La Palma alucinamos con las imágenes del volcán, mientras nos preguntamos dónde van a vivir aquellos que han perdido todo. La pobreza infantil nos inmuta menos que la derrota del Madrid –a los madridistas- ante un equipo desconocido.  ¿Una especie elegida que tarda lustros en que le llegue la alta velocidad en línea recta y sin obstáculos desde Palencia, y que es la misma que ha creado los microchips que ahora están ausentes en todo el mundo debido a la pandemia?  ¿Una tribu que se dedica a discutir sobre si debe haber unos jefes u otros, elegidos a dedo o por concurso,  o correspondería debatir sobre cómo reducir las listas de espera, porque lo que importa son los pacientes?

Aun así, y con un listado que podría reproducirse exponencialmente de temas irresolubles y preocupantes, sí somos ‘la especie elegida’, porque todavía tenemos la capacidad de emocionarnos y sorprendernos. Porque disfrutamos con una puesta de sol, o paseando cerca del mar, o sentados en una terraza charlando con unos amigos. Porque somos solidarios –y Burgos es una ciudad, una provincia, que lo demuestra cada día-, porque dedicamos tiempo a las necesidades de los otros. Porque a pesar del recio carácter castellano –y les habla un asturiano-, aquí se sabe escuchar, y sonreír, y agradecer, y mirar a los ojos. Y porque lloramos cuando perdemos a un ser querido, algo de que los chimpancés, nuestros supuestos antecesores, ni se inmutan.

Y cómo no vamos a ser la especie elegida si contamos con la Catedral más bonita del mundo, aplaudida por creyentes y agnósticos.

Si somos los sapiens los únicos supervivientes a un mundo complejo, y a un cambio climático del que hablan muchos, pero poco hacen los dirigentes por aminorarlo.

Me gustaría saber qué opción vital tomaríamos cada uno de nosotros si nos anunciaran, de verdad, que el fin del mundo es en el año 2025. ¿Elegiríamos como se espera de la especie elegida?

 

Dos versiones

La verdad no se encuentra sencillamente expuesta al público en general en un tablón de anuncios. Que hay que buscarla, y en la medida de lo posible conservarla. Pero esto ha cambiado. Muchas personas creen tener su verdad y los demás, y más si estamos cercanos ideológicamente, la damos por válida, por real, por única, y ni nos planteamos la mínima contradicción con lo que realmente puede ocurrir en el entorno. Y así andan los jueces, los políticos, la policía, los periodistas, y hasta los futbolistas que pretenden, pese al VAR, que cualquier caída en el área se convierta en penalti. En el baloncesto, sin embargo, el flopping, literalmente tirarse, empieza a estar penado con una falta técnica a veces decisiva.

Que puede que la responsabilidad la tengamos las propias profesiones, no les digo nada de los políticos que el engaño se produce a propósito con medias verdades o incluso noticias falsas, o con profesionales que venden su versión, por interés personal, sabiendo que apenas se va a contrastar, ya sea a través de las redes sociales o de los medios de comunicación tradicionales, o en el boca a boca, que a veces es el medio más rápido de transición. Y como tenemos que ser los más altos, los más guapos  y los mejores, tenemos magistrados estrella, antes de que se estrellen, comisarios convertidos en espías, políticos sin bagaje personal, tertulianos que saben de vulcanología y de las razones de la subida de la luz, o periodistas que en unas circunstancias difíciles para la profesión pretenden contar sin contrastar o sin apelar a las dos versiones o a las diferentes fuentes que tanto se enseñaba en las facultades de Periodismo.

No hay más que repasar las hemerotecas y las primeras declaraciones sobre la pandemia de los principales responsables sanitarios del país –era solo una gripecilla- , las razones  por las que una ministra venezolana aterriza en Barajas con nocturnidad y alevosía, o si realmente el PP y Vox no se entienden o todo es una táctica cara a unas posibles elecciones generales. Todo requiere una investigación y para eso no hay ni tiempo. Las redes han logrado dar verosimilitud a un tuit que ha conseguido al menos centenares de likes. Y si es contra nuestro enemigo ideológico mejor.  Y si luego no es verdad, no encuentras la rectificación en ninguna esquina. Porque somos más solidarios, eso sí, pero mucho más orgullosos y qué juez, abogado, médico, policía, político o periodista… por indicar algunas de las profesiones lustrosas, vamos a reconocer que nos equivocamos. Ninguno.

Ortografía bajo mínimos

No pondría la mano en el fuego porque a lo largo de esta columna hubiera errores gramaticales, alguna coma mal puesta, otro punto y coma no utilizado –están en extinción-, una posible mala consonancia en una frase, sinónimos no utilizados y para lo que somos asturianos leísmos  y laísmos despistados.

Y de esto no tiene culpa el Covid, aunque casi 300.000 castellanos y leoneses hayan sido confirmados del mismo a lo largo de la pandemia. La ortografía es imprescindible en nuestra vida, y la enorme abundancia de errores, más que erratas, una evidencia de que vamos hacia ninguna parte, y así lo manifestaba el profesor Miguel Perdigón en un texto reciente en las cartas al director de este periódico. Imagino que conoce bien la situación de nuestros alumnos, los profesionales del mañana, después de haber impartido clase en varios de los principales institutos de Burgos, en la capital y en la provincia, y no desistir en el empeño, por muchos motivos que tenga, al igual que numerosos colegas a los que se cae el alma a los pies en cantidad de ocasiones.

Aseguraba Perdigón en su escrito que en el portal de citas de Match un 39  por ciento de los usuarios juzgaba la compatibilidad de los candidatos por su manejo (sic) de la gramática. Y citaba el profesor que ‘los acentos están al nivel de los dinosaurios del Cretácico’. No me extraña. La mayoría de los ciudadanos habitantes de este planeta creen que el temido Tyrannosaurus rex convivió con nuestra especie, cuando aparecimos en este mundo decenas de millones de años después de su extinción, pero esto ya  no es un problema de lenguaje, sino de historia.

De lo que sí somos contemporáneos es del uso de nuevas tecnologías que han logrado, más por comodidad que por economía del lenguaje, que hayamos acabado con signos de interrogación o de exclamación y el castellano ha cedido a los anglosajones. Por no hablar de las mayúsculas, como aclara Perdigón, que serán la próxima víctima, a pesar de que seamos conscientes de que un nombre común no es lo mismo que un nombre propio. ‘Nos precipitamos a un mundo gris con todo en minúsculas y sin tildes’ subraya el pedagogo y parece que son muchos los que quieren vivir en un mundo gris. Confieso que no soy taurino, salvo cuando veo los morlacos en el campo. Pero lo primero que me emocionó cuando pisé una plaza de toros es que la vida era en color, y no lo que nos hacía llegar el blanco y negro de las televisiones.

Ahora que está de moda reivindicar en la plataforma change.org –han logrado que no salgamos a la calle- creo que comenzaré una recogida de firmas: ‘Por un mundo con mayúsculas y tildes’ y pediré el asesoramiento de mi amiga lingüista que me corrigió porque en estos últimos años tenía clarísimo que después de los dos puntos iba siempre mayúscula. Y no es cierto.

Por favor, ustedes lectores de periódicos, tipos inteligentes,  hagan un propósito, si quieren: procuren escribir sus mensajes sin errores, ni erratas. El futuro se lo agradecerá.