Castellanos y leoneses orgullosos

Juan de Padilla, Juan Bravo, Francisco Maldonado fueron los capitanes comuneros decapitados un 24 de abril de 1521 –en unos años llegaremos al V Centenario-, el día después de la batalla de Villalar, un episodio clave en la Guerra de las Comunidades en las que se enfrentaron las fuerzas imperiales de Carlos I y las de la Junta Comunera. Como en Castilla y León somos así, en lugar de celebrar una victoria, como ocurre en mi tierra asturiana con Don Pelayo, lo hacemos con una derrota, pero una pérdida que debería ser ejemplo de pundonor, de esfuerzo, y de honor de un pueblo. De David frente a Goliat, aunque muchos años sin embargo la fiesta estuviera proscrita y más tarde recuperada más que por los valores que encerraba por necesidades políticas.

Por eso esta fiesta no ha sido mayoritariamente celebrada –salvo por el día de asueto-, porque no ha sido entendida. Sin embargo, sí que recoge esos valores que a veces reclamamos para Castilla y León, desde la austeridad, tantas veces reflejada hasta en encuestas para entender a este pueblo, como la confianza y el orgullo, muchas veces reclamado. Y hay motivos, miles, para estar orgullosos de este territorio, y no solo por su historia y por su patrimonio, que ya de por sí sería suficiente para hacer valer la potencia de esta Comunidad, sino también por su presente y su futuro. Cuando se valora la educación, la sanidad, la atención a las gentes, la capacidad de trabajo y de diálogo pareciera que estaría mal visto vanagloriarnos de ello. Y eso sobre todo también es gracias a los ciudadanos de esta región.

Recientemente, durante el tiempo compartido con los periodistas de un programa de difusión nacional de RNE en el Museo de la Evolución, pude observar también la envidia que a estos, también apasionados por la Ciencia, les merece no solo lo encontrado en los Yacimientos de Atapuerca sino la puesta en valor realizada sobre esos fósiles. Envidia que encuentro en todo tipo de reuniones, congresos o jornadas. Un esfuerzo obtenido por el trabajo conjunto de varias administraciones y el de muchas personas a título individual, pero también formando equipo.

Pero ni el ejemplo dejado por Padilla, Bravo y Maldonado parece que pudiera sobrevivir a veces a este carácter que dicen que es castellano, pero más pertenece al hombre que a una tierra a veces heroica y en otras ocasiones encogida. De lo titánico, y contamos con héroes casi inmortales, a lo apocado. De ahí la reclamación de un orgullo sano, muy lejano del que aparentan los ciudadanos de otras comunidades, menos históricas pero más victimistas, pero orgullo en definitiva, que no es ni engreimiento, ni palabrería, sino que está basado en hechos y datos. Entonces con nuestros capitanes comuneros, y ahora con el trabajo de miles de personas. Castilla y León bien merece una bandera, y un himno, y una tierra, pero quizá no sean suficientes todavía sus abanderados.

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