La fe mueve montañas

Por muy extraño que pueda parecer, en febrero de 2011, más de quinientas personas se juntaron hace unos días en la parroquia de San José Obrero, la que se encuentra enfrente de la que fuera la sede de Diario de Burgos, para iniciar la Adoración Permanente a la Eucaristía. Será por ahora la sede en la capital de este movimiento. Quizá en estos tiempos haya ya que recordar lo que significan esas palabras, aunque todavía a la catequesis de Primera Comunión asisten centenares de chavales para intentar conocer la vida de Jesús, sin embargo han pasado ya las ocasiones en que al salir de casa uno se persignaba.

Curiosamente ha quedado como costumbre o superstición para los jugadores de fútbol al salir al estadio o al celebrar alguno de los goles. En algún momento escuché hace ya tiempo a un sacerdote español como se había encontrado con un amigo suyo en Roma y señalándole el mapamundi le había dicho que ese era el gran fracaso de los cristianos, porque si realmente creyeran que Dios estaba presente a través del Sacramento, habrían cambiado el mundo, y con él a todas las gentes. Lo que sí puede resultar un milagro –para creyentes o agnósticos- es que cuando no se había puesto en marcha esa Adoración Permanente, que supone 24 horas al día, los 365 días al año, ya había cerca de 400 inscritos, y todavía unas cuantas personas pendientes de que se les adjudicara un turno, que es semanal, y que en algunos casos puede ser a las tres o a las cinco de la mañana durante una hora de tiempo.

Esta sí que es gente de fe. Y ellos sí que moverán montañas, porque aunque a muchos nos cueste creerlo, se puede confiar en el poder de la oración. Hay miles de personas en los antiguos países del Este que piensan, y no por casualidad, que la caída del muro de Berlín fue motivada por la perseverante plegaria de un Papa polaco. Me cuentan que en España, hace ya más de medio siglo, apareció un cura irlandés, el padre Peyton, que con su campaña en favor del rezo del rosario en familia llegó a casi treinta millones de personas que asistieron a sus actos en todo el mundo, de ellos ochocientos mil, por ejemplo, en Barcelona. Y que gracias a ello se llegó a la unión de muchas familias. No es la fe cuestión de otros tiempos. Ni tampoco un artificio ante la muerte. Sorprende acompañar a un buen cristiano en los últimos días de su vida. Es ejemplarizante.

En estos temas soy de bastante manga ancha y creo que el Dios de los creyentes, de todos al margen de su religión, es un Dios que perdona,  y un Dios magnánimo y generoso, y sé que a todos les acompañará en los momentos más difíciles de su vida. Pero para eso también hace falta fe, de esa que se puede cortar. De esa que tienen el medio millar de burgaleses que se comprometen a elevar sus plegarias seguro que por todos los ciudadanos con que conviven, una hora a la semana, 42 semanas al año. Eso sí que es perseverancia, confianza y amor.

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